Nunca llegué a imaginar lo duro que es.
Luchar en una batalla perdida. Puedes usar tu voluntad para mantenerte firme, en pie. Pero a costa de tu sufrimiento, de talar tus emociones y construir una empalizada puntiaguda con ellas. Defenderse.
Sin ningún argumento lógico que explique todo esto, la presencia de lo absurdo se convierte en un agujero negro que arrastra el razonamiento a su interior. Y su inmadurez, su orgullo, su falta de empatía y el enfado que transforma en odio no hacen más que expandirlo, cada vez más.
domingo, 12 de junio de 2011
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