Sí... casi siempre me ocurre lo mismo.
Comienzo una época de gran felicidad, normalmente debido a que el destino me lleva a conocer a alguien con quien creo un gran vínculo de amistad.
Pero poco a poco la amistad se va desgastando, empiezo a ver cosas que no me gustan, actitudes vomitivas. Y ahí llega la fase de decepción, de tristeza.
Más tarde... empiezo a asumir. Me doy cuenta de que no, nadie es perfecto, ni mucho menos esa persona. Y poco a poco voy creando indiferencia... la amistad queda soldada, pero va perdiendo fuerza.
Y por último cambia, dependiendo del tipo de vínculo que se creó. A veces desaparece por completo, otras permanece invariable, o las circunstancias crean la distancia. Pero aún hay otras ocasiones, que se dan con muy poca frecuencia, descubro valores extraordinarios, que me llevan a admirar a esa persona y de alguna manera me atraen, reforzando esa amistad.
Pero usualmente acaba todo y ya no hay entusiasmo, ni ganas de profundizar en esa persona. No es desilusión, ni conlleva pena, es más bien una fase de letargo, como quien pasea pensativo sin ser apenas consciente del camino que recorre.
Y es cierto que últimamente me suelen recriminar que estoy ausente, y que al irme a la cama por las noches en mi interior hay un pequeño deseo utópico de despertarme a la mañana siguiente en un día que nada tenga que ver con la rutina, en el que no se repitan los horarios, las acciones ni las personas de siempre.
Y es que en el fondo estoy esperando que llegue otra vez esa primera fase de amistad, esperando a una de esas escasas personas admirables en quienes ves algo que te encanta y que supera por encima de todo cualquier defecto ^^
martes, 15 de marzo de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario