
Con el verano, esa semillita que hacía tiempo cayó al suelo, aquel ser al cual nunca antes había prestado atención, creció desmesuradamente hasta convertirse en un gigantesco rocotonero. El inmenso árbol verde era fabuloso... me protegía con sus frondosas ramas de las inclemencias de la lluvia y el viento.
Un día, aquel árbol llegó a su apogeo. Toda la luz, todo el agua que había reunido, lo utilizó para dar un único fruto. Un rocotón como nunca antes se había visto, de aspecto duro, fuerte, consistente. Colgando de la imponente planta, aquel rocotón parecía perfecto, inigualable. Estaba muy orgulloso de aquel rocotón.
Pero el otoño empezó a amenazar al verano con robarle su deleznable puesto. Un día en el que había empezado a refrescar un poco, el rocotón cayó al suelo, provocando un gran estruendo. La tierra donde cayó se resquebrajó, dejando una cicatriz aún apreciable. Y el fruto acabó pudriéndose en aquel lugar. Contemplé todo esto horrorizado, pero ya nada se podía hacer.
Eventualmente, el otoño sustituyó al verano en el Trono Estacional, y el rocotonero empezó a teñir sus hojas de color dorado. Las dejó ir cayendo poco a poco, día a día, perdiendo aquel aspecto acogedor que tanto respeto infundía antes. Ya no me protegía del frío, ni del viento, ni de nada. Miré a mi alrededor, y vi que aquel rocotonero que tan especial parecía no era en realidad muy distinto del pepinero de la izquierda, ni de los dos zanahoriales de atrás. Ni hojas, ni frutos, ni flores, todas sus virtudes había perdido el árbol.
Finalmente llegó el invierno y el árbol se congeló. Los carámbanos de hielo que de él colgaban me recordaban a sus hojas de antaño, así que me acerqué sonriendo a él. Pero cuando me recosté sobre su tronco, sentí un intenso frío, ahora no era más que hielo. Pregunté por qué en voz baja, por qué el cambio de estación podía haber cambiado todo tanto. El árbol se encogió de raíces y respondió que siempre fue así.
Y por aquí aún sigue siendo invierno... pero sé con certeza que algún día, aún no sé cuando, llegará la primavera otra vez, y tal vez caigan más semillas, o germinen otras que parecían estar inactivas.
Es lo maravilloso de los bosques, que nunca sabes qué, ni dónde o cómo florecerá. Y por suerte existen árboles de hoja perenne.
... ^^